Relato #historiasrurales

 

REDES DE TRIGO

Se llamaban Prado y Fierro.

Su esperanza –la de ella– era tan verde como el Lorca más simbólico, anhelante y moribundo. Una paradoja en sí misma.

Estaba deseosa de que todo se llenara de un aura de luz en esta España vacía, a ojos de los demás, pero plena de sentimientos, de un ímpetu intrínseco para renacer entre un vaivén de caminos lineales y autopistas de salida.

Su fortaleza –la de él- era tan férrea como su voluntad para el trabajo en aquel pequeño taller, en ese acogedor y sufrido pueblo. Además, era maestro en andar entre el trigo. Le bastaba contemplar la dorada estepa castellana para que sus pensamientos nadaran libremente por el mar de sus recuerdos cantábricos.

De repente, florecieron una serie de imágenes que bien podrían decorar un callejón abandonado de un pueblo pesquero del norte de España o lucir en un cuadro realista entre las paredes del Museo del Prado. Una fina red de pescar, aunque dura y elegante al mismo tiempo, colgada sobre un paredón gris –el mismo que años más tarde vería caer a Leopoldo– humedecido por el paso del agua, que ya no recordaba a la vida sino a un hogar abandonado. Como si de un ovillo sostenido por la mismísima Penélope se tratara, les había unido y separado en un tiempo sin fin. Sobre esta red, una ventana tapiada con tablas desgastadas por un líquido pastoso y verde, que contrasta, sin llegar a brillar, con aquella verde esperanza que Prado enarbolaba hasta con su propio nombre. En la misma línea, debajo, otro ventanal, cubierto por unos barrotes de hierro que, en otro tiempo, impedían la entrada de forasteros en aquella casa. Carceleros sin más prisión que el miedo, miedo al hambre, al odio y a la falta de aquel trabajo que la mar le había proporcionado.

Pero hoy las redes colgaban despreocupadamente como cortinas, que no tapaban –o tapiaban- , a gusto del lector, nada más –y suficiente- que el paso del tiempo.

Leopoldo era un muchacho de aquel pueblo, rendido a los pies del cabo más luminoso de su tierra. Reculla era una aldea tranquila hasta que quedó totalmente consternada por la muerte de Leopoldo. Todos imaginaban que algún día quedaría atrapado en las entrañas de la tierra negra, en una labor tan dura y tan digna como la de los mineros. En sus ratos libres, se dedicaba a la pesca, en el corazón de aquellas playas tan extensas que le aportaron un padre como Fierro y un alimento: calidad de vida. Todas las gentes del lugar le decían que se merecía vivir como aquellos pescadores que capturaban la merluza del pincho en sus mejores días.

Pero aquella fría tarde de finales de un mes de mayo primaveral, un estruendo muy fuerte hizo desvanecerse las últimas hojas de los girasoles que coloreaban los ventanales rojiblancos de la Calle de las Cuestas. ¿Qué podría haber sucedido para que las hojas de unos graciosos girasoles se marchitasen y se cayesen de esa inesperada forma?

A su vez, una dolorosa lluvia había inundado los campos de trigo junto a la casa de Prado y Fierro en una tierra castellana a la que, en otro tiempo, Antonio Machado cantaría apasionadamente. La pareja le detalló este hecho a Leopoldo por carta. Lo consideraban un hijo, lo querían como tal desde que se lo habían encontrado cuando eran jóvenes, a la deriva en una chalana, en silencio, como si solamente la inercia del movimiento del resto de embarcaciones fuera el reclamo de un auxilio que duraría toda la vida.

Pero ahora estaban separados por unos cuantos kilómetros de distancia, que el papel y las letras acercaban en forma de correspondencia semanal. Prado y Fierro siempre recordaban, nostálgicos, la sonrisa, la alegría y la gratitud de Leopoldo, realmente querido por todos los lugareños. Incluso, en su última misiva, había dibujado –también le encantaba el arte– su sonrisa con el único y cálido propósito de que, a los que él consideraba sus padres, esbozaran ese gesto mientras la leían en una pausa de su duro trabajo en el campo.

Había sido la leve presencia de su único hijo, a través de unos trazos del color del carbón, el motivo por el que, al día siguiente, decidieron poner rumbo al pueblo, a ese norte que la brújula siempre marcaba. Y llegaron. Pero ya era tarde.

“¡Leopoldo, Leopoldo! ¿Dónde estás?” Hemos venido a darte una sorpresa, a recitarte dos versos de Antonio Machado, a contarte cómo entre los campos de trigo te cantábamos alegremente. Así, con una maleta de cuero en la mano, lo buscaron durante media hora entre las chalanas del puerto, sin respuesta alguna.

“Estará en casa”, “Habrá decidido quedarse para dibujar otro bonito gesto en la próxima carta”.

Pero el único gesto que encontraron era el de un hombre con los pies y las manos extendidas, a los pies del paredón y con unas enormes telas de pesca cubriéndole un cuerpo ensangrentado y desnudo.

La tormenta de aquellos días atrás había resonado en los pensamientos de Leopoldo. Y una férrea voluntad para el suicido habían provocado aquel duro y fuerte estruendo que resonó, además, en lo más profundo de la mar.

Y Prado y Fierro quedaron estupefactos y afligidos y en una silla, asumiendo, levitando –como en aquel cuadro de Carolina del Castillo–, leyendo aquella última carta en la que la madre biológica de Leopoldo anunciaba su regreso desde Rusia para conocer, por fin, a su hijo.

El campo y el mar quedarán siempre en la memoria de aquellos que lo trabajaron, enredados, como en un ovillo sin fin, en la inmensidad de un abismo que ilumine el futuro de los futuros hijos de las entrañas de la Tierra.

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